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Paraíso Material

En Paraíso Material construyo escenas donde la imagen deja de representar una realidad exterior y pasa a funcionar como un sistema cerrado. Todo ocurre dentro de la propia imagen: los elementos no remiten a un origen, sino que existen como superficie, como acumulación de gestos, signos y referencias que se contaminan entre sí.

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Trabajo desde la idea de exceso. Las composiciones tienden a la saturación, a una especie de intensidad donde lo visible se multiplica y pierde jerarquía. No hay un centro claro ni una verdad a la que volver, sino un campo inestable en el que todo está disponible y en constante transformación.

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Las figuras que aparecen en la serie no son identidades fijas. Son cuerpos que se ensayan: se repiten, se deforman, se superponen. A veces parecen actuar, como si estuvieran dentro de una escena que no terminan de habitar del todo. En ese proceso, la pintura deja de ser un medio de fijación y se convierte en un espacio de mutación, donde la imagen nunca acaba de estabilizarse.

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En este contexto, lo orgánico y lo artificial no se oponen. La piel, el paisaje o lo animal aparecen atravesados por la misma lógica visual: todo está igualmente mediado o construído, hasta filtrado. Me interesa ese punto en el que lo vivo empieza a comportarse como imagen y la imagen adquiere una presencia casi física, incluso incómoda.

Algunas piezas introducen elementos asociados a la tradición pictórica, como la asociación a lo mitológico o lo simbólico, pero desactivados de su función original. No hay intención moral ni narrativa cerrada, estos motivos aparecen como restos que conviven con lo contemporáneo dentro del mismo plano.

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Paraíso Material no plantea una oposición entre verdad y artificio. Parte de un escenario donde esa distinción ya no resulta útil. Desde ahí, la pintura funciona como un lugar de prueba: un espacio donde las imágenes se construyen, se tensan y se ponen en duda continuamente

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